on Jul 25th, 2009No Eran Días Buenos
de E. Tagliazucchi.
No eran días buenos. El domingo viajé en tren hasta el centro. Hacía mucho frío, pero cuando empecé a subir la escalera hasta el andén. Sentí calor y comenzo a arderme la nuca, justo arriba del cuello del pullover de lana. Llegué cansado: estaba gordo, fuera de forma y sin dormir.
Unas palomas se apoyaron sobre el andén, en la vía y sobre la cubierta de madera del tercer riel. Entre el sueño de la noche había escuchado lluvias cortas. El suelo estaba mojado y de repente había empezado a imaginar como sería ver a una paloma morir electrocutada. El tren no llegaba y miré el reloj: había pasado más tiempo del que creía. Las palomas seguían avanzando a saltos cortos entre los restos de comida mojada, los envases vacíos, la humedad en el aire.
Me pareció ver que una paloma picoteaba el metal del tercer riel. Ahora el sol salía y la humedad cedía al calor, el tren seguía sin llegar, me ardía la nuca, las palomas esquivaban la muerte entre el quebracho y los fierros. Vi con claridad como una de ellas picoteaba constantemente el oxidado metal. “El pico de las palomas no conduce la electricidad”, pensé. Pensé: “Tengo que capturar una paloma, arrancarle el pico y medir si es conductor”. Divagué: “En realidad el tren no viene porque no hay electricidad, el tren no va a venir, la paloma viva significa que no hay trenes”. Y pense en ir y tocar el tercer andén. El tren seguía sin venir y ahora habia más gente: nadie miraba a las palomas. De repente, estaba pensando que podía pasarme si orinaba sobre el metal del tercer riel.
Dibujé un circulo en el boleto. Lo taché con un trazo: ahora era la nada. Volví a tacharlo, en la dirección opuesta. Ahora era un círculo tachado con una cruz. El boleto estaba húmedo y se rompió, pense en sacar otro, pero el tren llegó y las palomas volaron.
El lunes, en mi vagón, escuché al boliviano de todos los dias tocar el charango y la quena. Después pasó la gorra y le di una moneda, porque habia tocado la sinfonía numero 40 de Mozart. Tenia sentada a mi lado a una chica morocha, de sweater rojo y lentes. Ella le dio un billete de dos pesos. Al rato pensé: “Estamos perdiendo un principio universal de la estética”. Quise hablar de mi idea sobre lo estético con la chica de al lado, pero me esquivaba. Me gustaba (no sé como volví entonces a pensar en las palomas que pierden su pico al besar un metal oxidado, pero me gustaba). Su finta final fue levantarse y bajar, entonces yo sospeché que se iba a subir de nuevo en el siguiente vagón. Me daba miedo confirmarlo.
—–
El miércoles, compré un pizarrón y una caja de tizas. Dibujé un círculo, y pensé en como los círculos contienen un balance tan delicado entre su curva y su contenido, que lo contienen todo. Como si en cada círculo todas las combinaciones de todos los símbolos surgiesen por una sutileza de la naturaleza o la mente humana. Es el cociente entre su área y su perímetro, un eterno almacén de la información que puede explicarlo todo: hasta su propia existencia. Sentí que quería hablar de esto con la chica que se había escapado de mi en el tren, quería enumerar para ella los infinitos o ir desde el número hasta las pompas de jabón. Pensé en la existencia de principios morales inquebrantables y principios estéticos igualmente eternos e inquebrantables. “Hay gente que no tiene principios estéticos” y de nuevo: “hay gente que toca un charango y pide monedas en el tren”. Nadie querría viajar en un vagón lleno de ladrones o violadores. Yo sentía que para mi, a veces, una situacion análoga era cotidiana.
No eran días buenos: el resto de la semana, el ardor, el frío y el calor, la misma sensación de guardar frente a todos un secreto, el secreto de una música que uno sabe tocar pero decide guardarse. Cada día, tomando el tren, llegando a mi trabajo en aquél edificio de ladrillos rojos, que supo contener todos los miedos y expectativas de mi vida (y ahora no es más que una oficina) . Pasaba más tiempo delante de mi nuevo pizarrón, en mi dormitorio. El viernes soñé que tocaba una extraña suite en una guitarra que no tengo (¿era de Scarlatti?). Desperté y mis dedos estaban manchados con tiza. Ese mismo día, cuando volvía del trabajo, había hablado con el boliviano del charango y le pregunté si era difícil convencer al guarda para que lo dejara tocar. Me dijo que las coimas eran altas si uno queria vender, que para tocar o pedir alcanzaba con 50 pesos por semana. O uno de sus discos, si al guarda le gustaba o quería hacer un regalo.
Al día siguiente, madrugué. Busqué un bolso gastado que había comprado en el sur, cargué con mi pizarrón y unas cuantas tizas en el bolsillo de mi campera. Mientras el tren estaba parado hablé con el guarda: me dijo que no me preocupara. Puse un billete de 50 pesos en su mano y subí. El espacio era el justo para montar el pizarrón sobre un caballete. Levanté la voz y algunos (no todos) me miraron. Entonces tomé la tiza y explique como explicaría el orden de los infinitos, como el todo puede estar contenido en las partes, explicaría el misterio del circulo finito que contiene, en su principio geométrico, al infinito. Contaría dos historias sobre dos puentes (uno en Alemania y el posterior, en Irlanda) y contaría una historia sobre una chispa, un duelo y una muerte. Explicaría como las máquinas no se comprenden a si mismas y los humanos, quizas, tampoco. Y finalmente, pasaría mi bolso gastado, y sería a voluntad (el que quiera colaborar).
Pero solo escuche unas pocas toses, alguna risa y un guarda que creyó que yo estaba vendiendo pizarrones. En el fondo del furgón una bicicleta cayó y las miradas se desviaron. No todas volvieron. Finalmente el caballete trastabilló, el calor de mi nuca se había extendido hasta mi cara (era la verguenza). Creí que si miraba con cuidado encontraría el rostro de la chica de sweater rojo y anteojos. Decidí no mirar y bajar. Para disimular compré algo de tomar en el kiosco de la estación. De una manera natural salí y en colectivo volví hasta mi casa, aunque en realidad, hubiese preferido volver corriendo y encerrarme en mi dormitorio.
No eran días buenos, de ninguna manera. Hoy en día me cansa pensar en la divergencia entre mi realidad y la de ese tren que tomaba todos los días a la mañana para ir a trabajar.
me gusta, keep going!