on Aug 3rd, 2009La Mujer

Ricardo Piglia

Tenía un hijo de dos años, pero decidió abandonarlo. Lo ató con una faja larga de una argolla en el techo y lo dejó gateando en la pieza, sobre una tela impermeable. Primero tuvo la precacuión de correr los muebles y amontonarlos contra las paredes, lejos del alcance del chico, como si la pieza estuviera vacía. Le escribió una nota a la mujer que venía a hacer la limpieza y le dijo que había salido a hacer un trámite. Eran las siete de la mañana y en cuanto el marido dobló la esquina con el auto y se fue a trabajar, ella lamó un taxi y se tomó el primer tren de larga distancia que salía de Retiro. Al sía siguiente estaba en un pueblo en los límites de la provincia de SanLuis. En el hotel se anotó con el nombre de su madre (Lía Matra). Pasó la tarde durmiendo y a la noche bajó a jugar al casino. Veía la ruleta como la cara del destino. Los hombres y mujeres de la sala iban a buscar respuestas y cada uno estaba en un universo aislado y microscópico. (Esos crupiers, pensó, funebreros, le hubiera gustado llevarse uno a la cama.) El casino era pobre, tenía una alfombre celeste y ella imaginó que así tenía que estar decorado el infierno. Una sala semivacía y mal alumbrada, con una moquette azul eléctrico. Los hombres usaban camperas, las mujeres parecían coperas retiradas. Una nube de insectos rodeando la réplica artifical de la pasión y de la vida. La mujer pensaba en fechas y jugaba al día al mes en progresión y ganaba todo el tiempo. Cuando cerró el casino le dieron el dinero en una bolsa de papel madera. Para llegar al hotel tuvo que cruzar una plaza. Había un monumento, bancos, un tacho de basura atado a un árbol con una cadena. Iba a llamar por teléfono a su casa y avisar que se había ido. Las lajas del camino se cortan frente a un cantero. La mujer esconde la bolsa con la plata entre las plantas. El pueblo está vacío; una luz brilla al fondo, en lo que ha sido la estación vieja. La mujer cruza la calle, sube a la pieza y recién entonces se decide a desarmar la valija. Cuelga la ropa en las perchas, ordena los frascos y las cremas en el botiquín del baño, cierra las ventanas para que no entre la luz del día. Llama a la recepción del hotel, pide que nadie la moleste y después se suicida.

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